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ODS13. La COP25 da un paso por los ecosistemas, pero retrasa la ambición climática

Por primera vez una decisión de una COP del clima destaca la importancia de abordar de forma conjunta la pérdida de la biodiversidad y el cambio climático

16-12-2019
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Los avances y retrocesos de la COP25 tienen nombres y apellidos. Por un lado, Australia, India, Arabia Saudita y Brasil, en particular, se alzan como responsables de la falta de avances, presionando al resto en contra de salvaguardas más estrictas para los mercados de carbono. Por el otro, Costa Rica, Uruguay -desmarcada del hiperprotagonismo de Brasil, que ha eclipsado al grupo latinoamericano, del que cabía esperar más-, Islas Marshall y otros pequeños estados, cuya voz apenas ha sido recogida en los documentos de la cumbre, han mostrado las posiciones más avanzadas. Ha sorprendido la impecable postura del Vaticano, inusualmente activo en esta negociación.

Respecto al bloque europeo, cabe destacar el papel de España. En este caso, aunque no haya sido una cumbre de avance, hay que reconocer el esfuerzo político de la ministra para la Transición Ecológica en funciones, Teresa Ribera, que ha actuado como facilitadora de una cumbre que no ha estado a su altura.

El mercado del carbono

La cumbre, que debía haber sido un punto de inflexión en la ambición climática –con aspectos relativos a formatos de informes y registros públicos para compromisos de mitigación y adaptación antes de que comenzase la aplicación estricta del Acuerdo de París en 2020-, no ha cumplido su cometido. Así, no se ha resuelto cómo se lograrán incrementar y reforzar los planes de acción climática prometidos o presentados por los países (en París) en un horizonte que va hasta el año 2025 o incluso 2030. Esto sigue dejando encima de la mesa una evidencia inquietante: las medidas actuales prometidas o en marcha no evitarán detener la subida de temperaturas hasta 3,2ºC.

Tampoco parece que se ha avanzado en el Artículo 6 del Acuerdo de París - a la hora de lanzar este comunicado en proceso de negociación-, que buscaba terminar el “libro de reglas de este acuerdo”, y que también se quedó atrás en junio de 2019 en Bonn. El protocolo de Kioto introdujo un sistema que permitía comercializar con los certificados de reducción de gases, pero se convirtió en un mecanismo perverso, que en realidad benefició a los países que más han crecido en emisiones.

Las reticencias –sobre todo de parte de las naciones industrializadas- también han marcado los mecanismos de pérdidas y daños, imprescindibles para los estados que ya están siendo víctimas de la crisis climática (Mecanismo internacional de Varsovia). Lo reclamaban sobre todo los estados insulares del Pacifico y del Caribe. Estados Unidos, la UE y otras naciones desarrolladas no han presentado nuevas formas de financiación para apoyar a estas naciones. Arabia Saudita ha arrastrado a algunos países africanos hacia posiciones obstruccionistas mientras Egipto ha liderado a los menos desarrollados y favorables a los acuerdos.

Finalmente, la consideración de la situación de los países empobrecidos, de la que hubiesen debido surgir orientaciones concretas a los organismos financieros, como el Fondo Verde para el Clima (GCF) y el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM), tampoco ha alcanzado avances sustanciales.

La naturaleza sale a escena

Durante los diez días que ha durado el encuentro, en los pasillos se hablaba de que la naturaleza debía ser considerada específicamente en el texto del acuerdo final y gracias a la presión de distintas ONG, se logró llegar a reuniones decisorias que han introducido este concepto en los últimos borradores.

El acuerdo -en su apartado 15- "Subraya la contribución potencial de la naturaleza para abordar el cambio climático y sus impactos, y la necesidad de abordar la pérdida de biodiversidad y el cambio climático de manera integrada".

“El papel de la naturaleza –los ecosistemas terrestres y sobre todo el océano y su conservación- cuenta desde ahora con un reconocimiento en el Acuerdo de París que hasta hoy no tenía, aunque de modo genérico. Esperemos que en Glasgow, el año próximo, se consiga aterrizar con más fuerza”, apunta Asunción Ruiz, directora ejecutiva de SEO/BirdLife.

“Otro avance ha sido invitar a las partes a abrir un diálogo sobre medidas para el océano partiendo de aportaciones recibidas hasta el próximo 31 de marzo –añade Ruiz-, pero vemos necesario extenderlo también para las áreas terrestres”.

Los estados insulares

Una vez más, los pequeños estados insulares (AOSIS) han sido los grandes perdedores de la cumbre. Amenazados como ningún otro grupo de la Tierra han lanzado duras palabras contra Australia, refiriéndose a este país como la "oveja negra" por su deseo de mantenerse en los créditos de carbono de la era de Kioto.